Cuando hablo del “pensar” del cuento, no me refiero al elemento mental, racional o intelectual. No son nuestros pensamientos sobre el cuento ni tampoco los de alguno de los personajes. A lo que me refiero es a cómo aparece lo pensante en el cuento. Si el cuento que tenemos entre manos es un ser, ¿cómo piensa ese ser?
La respuesta es clara: el cuento piensa en imágenes, símbolos y arquetipos. Es decir, que el pensar del cuento se da en un nivel de conciencia que podríamos llamar “imaginativo”: pensar en imágenes.
Disculpadme que en este punto arriesgue un par de pasos hacia lo epistemológico para aclarar que se puede pensar en diferentes niveles y lenguajes. Nuestro pensar cotidiano se mueve en el nivel racional-intelectual; vemos nuestros pensamientos pero no el pensar, que es quien crea los pensamientos. También relacionamos el pensamiento con la palabra – como si fueran inseparables- dándose que la palabra y el idioma condicionan la forma que en nosotros toma el pensamiento. Las matemáticas estudiadas en inglés o en alemán pasan de ser algo sencillo y directo…a un galimatías complejo. Un músico sin embargo, no piensa a través de pensamientos-palabra; piensa a través de pensamientos-música. Un pintor tampoco piensa en palabra; piensa en color e imagen. Bien, pues para acceder al “tipo de pensar” que obra en el cuento hemos de aprender a pensar en imágenes. El cuento piensa en imágenes.
Por todo ello es importante que lo primero que hagamos ante un cuento sea dedicar tiempo a relacionarnos con las imágenes que nos ofrece, esto es, a escuchar sus pensamientos. Resistamos las ganas de querer agarrar esas imágenes e interpretarlas rápidamente para convertirlas en palabras y explicarlas; para bajarlas a nuestro nivel de pensamiento racional-intelectual. En su lugar, entreguémonos a escucharlas; a contemplar las imágenes, dibujarlas, recrearlas dentro de uno mismo una y otra vez. Todo ello hará que poco a poco descubramos que las imágenes de los cuentos tienen su propia vida autónoma, que no depende en absoluto de la nuestra. Y empezaremos a sentir entonces que detrás de las imágenes hay “algo”; algo que quiere decirse, hablar a través de las imágenes. Ese es el sentimiento que anuncia al símbolo. Permanecer en ese sentimiento el tiempo necesario abre en nosotros el ojo para leer las imágenes; para pensar en imágenes en lugar de explicarlas. “Permanecer con nuestras preguntas”, como diría Rilke.
Estas imágenes vivas, con las que el cuento nos habla y que estamos aprendiendo a comprender, son las que vamos a poner frente al oyente. Para hacerlo es esencial que nos hayamos relacionado con ellas interiormente, pero no es lo único necesario. Hemos de buscar hacer visibles las imágenes en el espacio, para que quien recibe el cuento reciba el pensamiento del cuento y no sólo el pensamiento-palabra. Pero ¿cómo hacemos esto? Utilizando el gesto y el movimiento corporal, aprendiendo a dar forma a la palabra, a trabajar con una palabra viva, esto es, una palabra que se mueve, que lleva en sí imágen y gesto. Aquí entra el arte de la narración en su estado épico más puro.
Veamos un algunos ejemplos de cómo empezar a practicar esto.
CONTINÚA EN… 3º PARTE: EL SENTIR DEL CUENTO
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